Una mujer llora en la esquina oscura
de un lugar sin eco,
amplio, limpio.
El tiempo es perfecto
y baila.
La mujer llora
mientras se recoje el pelo
para ondearlo
y dejarlo caer
sobre su espalda.
Sus lágrimas derraman el sonido
Como cristales
unidos a un radar.
Sus brazos se dejan, se van.
Todos los movimientos suceden aletargados.
Ella respira y se acalambran los instantes. Muerde los sabores frugales,
fragua un castillo frente al mar.
Se deja ir, se va.
No vuelve más.
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